¿Por qué y para qué leer a los niños?

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Por Rosario Gutiérrez Jiménez

Cada vez son más los padres de familia convencidos de la importancia de desarrollar hábitos de lectura en sus hijos. En pláticas con padres de familia de diferentes niveles educativos, suelo preguntarles por qué y para qué quieren que sus hijos lean. Entre las respuestas más frecuentes que recibo están: “para que sean mejores personas”, “para que sean alguien en la vida”, “para que sean más inteligentes”, “para que tengan un buen rendimiento escolar”. Si bien esta última puede ser un efecto colateral del hábito de leer,  en realidad no es razón suficiente para que los niños y jóvenes se sientan motivados a leer.

Como educadores, llámese padres de familia, profesores, bibliotecarios u otros, hemos escuchado y retransmitido por años tabús en torno a la lectura, construyendo un sinfín de mitos y elevando el acto de leer a lo sagrado, cuyo privilegio hay que delegarle a grupos exclusivos intelectuales.

Nuestros prejuicios en el área de educación y en la formación de lectores no nos han permitido comprender que “ser una mejor persona” corresponde a parámetros completamente subjetivos e individuales. Si insistimos en comparar a nuestros niños con otros y hacerles creer que no son mejores personas porque no leen, estaremos fortaleciendo su creencia de que la lectura o la falta de ésta es lo que los pone en desventaja respecto de otros o de sí mismos. Porque reflexionando un poco acerca de este tema, ¿realmente es mejor persona el que lee más que el que lee menos? Si este fuera el parámetro, leer más para ser mejor, haría de cada gran lector una persona intolerante y competitivo con sus semejantes, lo cual es justamente contrario a lo que se afirma.

¿Qué significa “ser alguien en la vida”? Cuando un bebé nace, ya “es alguien”. Y cada ser humano es quien es, lea o no. Cuando afirmamos delante de nuestros hijos que si no leemos no somos alguien en la vida, en realidad no se les descalifica como lectores, sino como personas. Habría que tomar en consideración la baja autoestima que promovemos en los niños que no leen, y el efecto contrario que provocamos en ellos al hacer de la lectura un motivo para su degradación como personas, cuando lo que buscamos es que lean sintiéndose motivados.

Una anécdota de Albert Einstein cuenta que cierta mamá se le acercó al científico y le preguntó: “¿Cómo puedo hacer para que mi hijo sea más inteligente?” Einstein, sin tomar tiempo para pensar, respondió: “Léale cuentos de hadas”. La mamá, pensando que se trataba de una broma, retomó la pregunta: “¿Y después de leerle cuentos de hadas, qué hago? Einstein respondió: “Sígale leyendo cuentos de hadas”. Es verdad que la lectura de textos literarios desarrolla  las capacidades de simbolización y abstracción, permitiéndole al niño la comprensión de otro tipo de lenguajes como las matemáticas, las ciencias en general y la música. Es cierto que la lectura promueve las conexiones neuronales que permiten al niño ser más sensible y perceptivo ante el mundo que le rodea y anticipar respuestas a posibles problemas, con una mayor capacidad de análisis, síntesis, reflexión e interpretación. Sin embargo, la importancia de leer no reside únicamente en esta área que se reduce al ámbito cognitivo.

El desarrollo integral del niño depende de su sana y completa construcción como persona, que incluye también los ámbitos psíquico y social. La lengua del relato le permite al niño inscribir en su mente una identidad familiar, social y cultural; integrarse en un contexto que le da pertenencia y al mismo tiempo, material para ser capaz de contarse su propia historia. Paul Ricoeur decía  que el ser humano es un ser de historias; necesita las historias del mundo en que vive, de su país, de su localidad, y de su familia para poder contarse la historia de quién es él y constituirse como un individuo que forma parte de ese gran sistema, pero a la vez independiente de él.

¿Para qué queremos que nuestros niños lean?  En realidad leemos porque somos seres humanos en construcción y en constante evolución. Queremos que nuestros hijos lean porque en cada relato hallarán contenidos para integrar a ese gran repertorio psíquico que les formará como libres pensadores y portadores de un criterio autónomo. Queremos que desarrollen sus máximas capacidades psíquicas, cognitivas y sociales en el descubrimiento de ése que son, y en la constante renovación de su persona, sólo para ser plenos.

Ahora bien, ¿cómo lograr que lean sin necesidad de recurrir al típico sermón que lejos de persuadir, agota y nos aleja más de nuestro propósito? Ya no basta con darles motivos suficientes y explicaciones convincentes. Es necesario que nosotros mismos sirvamos de ejemplo, que nos vean leer y disfrutar lo que leemos, que nos escuchen hablar apasionadamente de ese libro que nos distrajo por largo tiempo. La lengua como objeto de la cultura, es un proceso de transmisión, no de enseñanza. La lengua del relato permite al sujeto construirse en este proceso de identificación con la cultura, inscribiéndola y reconstruyéndola psíquicamente. Así como una mamá no enseña al niño a hablar, sino que éste aprende mediante el afecto y las representaciones psíquicas que hace de la lengua de la madre, enseñar a leer por placer sería forzar un proceso que, según Felipe Garrido, debería ser transmitido por contagio.

Leer en voz alta cuentos a nuestros hijos y alumnos aun antes de que sepan hablar, es compartir un espacio psíquico exclusivo; es abrir canales de acceso de uno al otro para volverse cómplices de una aventura que nade más comparte; es transmitirles amorosamente el conocimiento de la lengua oral para poder acceder a la lengua escrita espontáneamente; es pasar tiempo juntos en escenarios imaginarios, tiempo que el niño traduce como afecto.  El niño tiende a recordar las experiencias agradables de su vida y desea repetirlas. Un niño al que se le ha leído a temprana edad y ha sido llevado con amor de la mano de un adulto al placer del relato, buscará en etapas posteriores de su vida repetir la experiencia. Será un buen crítico al aportar a los libros la propia expresión de su persona, y se constituirá como un ser autónomo, en la construcción y reinvención constante de sí mismo al integrar a su vida la experiencia de cada nueva lectura.

Bibliografía:

Bettelheim, Bruno. Psicoanálisis de los cuentos de hadas.

Bonnafé, Marie. Los libros, eso es bueno para los bebés.

Garrido, Felipe: El buen lector se hace, no nace.

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Publicado el octubre 9, 2009 en Colaboraciones especiales. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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