La muerte que habita la palabra: Tres obras que invitan a bien morir.

Por Mario Rafael Alvarado Luna

Desde el día en que me alumbra, hijo me llama la muerte…

(Silvio Rodríguez, Tonada de la Muerte.) 

La muerte apasionada seduce de muchas formas, a todos hace la corte y tarde o temprano convence. Se yace con ella, se copula pretendiendo engendrar más vida, queriendo permanecer de algún modo. Así la muerte se empeña en las personas con la misma pasión con la que éstas se aferran a evadirla, suponiendo que se le conjura o escapa un poco de su sombra mediante el culto, la veneración, el miedo, el respeto, pasando a la resignación, racionalización, aceptación, y hasta la idea de convivir durante todos los instantes con ella.

Suspenso constante, amenaza intrínseca, correlativo esencial de la vida, recordando a Schopenhauer, desemboca en el plano cartesiano de los temas medulares en los que el hombre ha vertido esencia, existencia y palabras, muchas palabras, primero en reconstrucciones puramente orales, y a partir de la escritura en constancias de papel y tinta. Así, la literatura encuentra en la muerte uno de sus más sólidos cimientos, una de sus más vastas corrientes y un tronco con infinidad de ramificaciones. Un tema para tratar, retratar, exponer, retar, engendrar y discutir conceptos que se vienen manejando desde que el hombre se concibe como ser finito, y que busca siempre desahogo frente a tan tajante realidad.

México no es excepción pero se muestra singular, pues le refiere, concilia y enfrenta partiendo desde su minimización, apropiación, ridiculización, celebración, comunión e ingesta, entre innumerables manifestaciones, haciendo la vista gorda a que con todo esto, mejor dicho, tras todo esto, permea el temor, el miedo a no ser más, a no contar más entre los que cuentan y se cuentan… La muerte tratada así es llanamente una compañera repelente pero irresistible, a quien habrá que cortejar para que su asalto sobrevenga de la manera más amable, y a su llegada igual de bien que se le trató, trate.

La muerte es entonces juerga, chiste, pretexto, es alimento, mariachi, música, chascarrillo en los velorios, pretexto para conversar con viejas amistades, beber hasta la inconsciencia… hace lo que el viento a Juárez, pela los dientes, y se elaboran calaveras de azúcar, de chocolate –con el nombre del propietario en letras de color sobre la frente-, pan de muerto –hojaldra, con los huesos y la bola del cráneo en el epicentro-, también es verso que la vence, rima que coloca en el panteón a los protagonistas, no estaban muertos andaban de parranda, eternamente a su lado, en festividad y bailando con ella. Tras el antifaz de nopasanada el temor al fatal olvido.

La evidencia de escrita, que no dicha, afirmación es contundente: los primogénitos de la familia llevan el nombre del padre; al menos alguno de los hijos tendrá que caminar sobre los pasos del progenitor, quiera o no; se imponen gustos, aficiones, manías, vestido, modales, conductas, carácter; se pretende que alcancen objetivos, cumplan metas, realicen sueños que no se han logrado generación tras generación, como cadenas que se arrastran por los pasillos nebulosos de la historia personal, que añaden eslabones al atavismo del querer ser, que la temporalidad de lo humano evita, a la que la semilla fecundada y vuelta en una réplica de cada uno, de cada una, alumbra con nueva esperanza de verse en un duplicado renacido, con la moral intacta, la conciencia limpia y las ganas de vivir en la efervescencia sin par que acompaña al que llega al mundo por primera vez. Alguien que aún no se asume mortal, por ende está lejos del miedo a morir o vivir, de ser solo y olvidado, porque en su imaginario no sabe de muerte ni imagina que al existir también está obligado a dejar de hacerlo sin saber cómo ni cuándo.

La pre-literatura, si puede ser así nombrada la tradición que se plasmó en pinturas, esculturas, utensilios, hallazgos de la tradición oral, que los arqueólogos primero y los antropólogos después, han tratado de reconstruir, habla de lugares míticos para el pueblo azteca, destinados a la recepción de los difuntos en diferente circunstancia -Mictlán, casa de Mictlantecuhtli, donde después de una serie de pruebas comparten su trozo de eternidad los muertos comunes, en el noveno piso, casa o inframundo; Tonatiuhichan, la casa del sol, donde habitan guerreros y mujeres que mueren de parto; y Tlalocan, la casa de Tláloc, dios del agua y de la lluvia, donde acuden los muertos por causa de éstas-, lo que muestra o demuestra que de igual forma, en esos remotos e impensables tiempos, los hombres buscaron en la divinidad y en la cultura un modo de trascender a su desaparición terrenal, y una justificación para su andar por el mundo.

Sin embargo los difuntos no efectúan su travesía solos, tradiciones y mitos egipcios, aztecas, nórdicos, británicos, africanos, etc., destacan que sus muertos son equipados con todo lo necesario para el andar final, donde invariablemente buscarán escapar de los lugares de sombra, de muerte definitiva y sufrimiento, para llegar hasta los paraísos –banquetes, jardines, casas, lugares de gozo perpetuo- que su religión promete.

La muerte en tal dimensión representa entonces un paso a otra vida, una vida nueva y mejor para quienes han cumplido con los designios de sus seres supremos –no necesariamente para quienes se han portado bien y han sido sumisos, serviles y humildes, esa situación variaba también de tribu en tribu y de pueblo en pueblo-, jamás es un simple embalsamamiento, una cremación o la preparación para habitar un agujero. Tiene y debe ser un paso hacia la trascendencia. La carne, la materia, lo que puede descomponerse se queda, en tanto el ser espiritual, depositario de todos los méritos, virtudes o máculas es evaluado por la deidad mayor, deviniendo en consecuencia el premio o el castigo, que será definitivo y eterno en la mayor parte de los casos.

Algo distinto ocurre cuando el individuo en cuestión no completa el camino, y permanece atrapado en una suerte de purgatorio terrenal, en el que su tránsito se rodea de conflicto y confusión, ya que en este trajín él interfecto no sabe si pertenece al mundo de los vivos o de los muertos. Es esta quizás la peor tragedia que encierra la muerte: morirse sin partir, vivir sinvivir, quedar atrapado en el reino de la soledad y el olvido, en medio de nada, sin destino, ni punto de partida o arribo.

La literatura entonces se convierte en un desahogo, un asidero, hasta un pretexto en el laberinto de la perpetuidad, de la trascendencia, de la inmortalidad. En un canal por el que los hombres navegan intentando alcanzar el buen puerto de la expiación, de la redención, y de la permanencia, a pesar de tener el conocimiento de que la descomposición del cuerpo es inevitable.

Del Nican Mopohua a La Divina Comedia, de La Ilíada al Quijote, la escritura versa sobre la manera en que los hombres tratan con la muerte, con la trascendencia y con la perpetuidad, con un destino que se debe cumplir –como en el caso de las tragedias griegas, quizá madres de toda la literatura posterior-, pero del que se pretende escapar para no ser desventura u olvido, si en cambio vencer o superar para que la gloria grabe en la posteridad el nombre de quien la toque.

En la literatura mexicana, y más allá, en la cultura mexicana la muerte se pinta diferente, se conjuga diferente, se vive diferente. Las historias relatan a la muerte cómplice, a la muerte seductora, a la muerte terrible pero asequible. Muerte y muertos que pueden hablar, guiar, incluso adoptar al individuo para finalmente ser en el otro, para no desaparecer.

Comala, por ejemplo, es el estereotipo de lugar en el que las almas en pena vagan si encontrar descanso, un sitio lúgubre en el que la muerte devela su peor faceta: muertos confinados a deambular por terrenos de vivos, a no entender si viven o ya se fueron, y a no reconocer en los otros fantasmas a sus semejantes.

No hay cuestionamientos, se acepta que así sucede y que es el sino de Juan Preciado cohabitar con los aparecidos de Comala, espectros que van y vienen dándole lo que es suyo -palabras con las que su madre lo condena a correr la misma suerte de su sangre-, enviándole a cerrar el ciclo y entender que no puede escapar a la muerte, señora de todos los conjurados que habitan la inhóspita región de la media luna, de la que la misma Dolores quiso huir, pero mediante su hijo habrá de regresar, cumpliendo con el destino que comparten todos los habitantes que tuvieron relación con Pedro Páramo.

El camino de Juan Preciado es trágico, un drama que corresponde perfectamente con los sucesos que culminaron con la decadencia de Comala, pueblo florido y prometedor en el recuerdo de Dolores. La razón de la debacle se explica quizá al entender la corruptela que invadió al pueblo, llegando a lo sacro, que permitió actuar a Pedro Páramo y a su hijo Miguel en total impunidad. Así el cura del pueblo –remordimientos frágiles mediante- acepta el óbolo de quien más tiene, ofertando probabilidades de abrir las puertas del cielo, o al menos intentarlo, mientras que las cierra a quienes por más píos se hayan mostrado en su andar por la vida, no pueden cooperar ni con un diezmo pequeñito con su apostolado.

El protagonista tiene una meta, no cesará en su afán de cumplirla: conocer a su padre, Pedro Páramo. En ese afán se verá envuelto en el torbellino de presencias que reconstruirán parte de la historia, terrible para sus destinos, de su progenitor y del pueblo que arrastró a la desolación. Personajes como Susana San Juan, Damiana, Abundio, Eduviges, Miguel Páramo y el propio Pedro Páramo, conviven con la muerte y son la muerte en si, elementos que llevarán a Juan Preciado a formar parte de ese reino al que ellos también pertenecen.

En otro contexto y situación se descubre a Felipe Montero, joven historiador capitalino, quien a pesar de mostrarse culto y racional acepta la condición de habitar la casa enclavada en el ombligo de la Ciudad de México, en Donceles 815. Decisión que le cambia la vida, y también la muerte.

En Aura la muerte se revela imperativa, como el estilo en el que se dictan las instrucciones que sigue a pie juntillas –pues no puede hacerlo de otro modo- el protagonista de la novela. Montero es un historiador joven, que cumple con el requisito de hablar francés mostrado por el anuncio en el diario que esa mañana precisamente está leyendo en el periódico, sentado a la mesa de un café.

Seguramente sólo alguien muy apasionado, necesitado o loco se quedaría a vivir en aquel hábitat en tinieblas, rodeado de plantas y gatos que, a semejanza de los habitantes de Comala, aparecen y desaparecen, con una anciana, un excelente sueldo, un tragaluz y el imán de mujer que resulta la seductora presencia de Aura.

Todo allí existe y no, como aquella teoría que plantea que cuando cerramos la puerta el exterior desaparece, que al cerrar los ojos nada existe, y la vista es un sentido falaz, ilusionista pero no testigo. En esa dimensión debe moverse Felipe, acudiendo al resto de sus sentidos. Y la muerte en cada rincón de la casa se respira, junto con la eroticidad de la relación que se genera entre Aura y el traductor.

En la medida que el tiempo sucede –agotándose probablemente para el protagonista como hasta ese momento se le conoce- las memorias del general Llorente se traducen, y el joven termina por poseer a Aura –y es Aura la que termina por poseerlo a él- entonces se gesta la transmutación, la muerte de Felipe Montero que deviene en alguien que se sabe él pero no se reconoce, y a través de él se gesta la permanencia, o reencarnación, de Llorente y de Aura que es la anciana y los gatos y la casa y el amor y el desamor y Felipe y la luz que plenamente emana de tanta penumbra.

La muerte se manifiesta, se regodea, triunfa, de un modo u otro logra imponerse a los héroes, que magníficos o trágicos, son cubiertos antes o después por su inevitable manto. Felipe Montero pasa de ser el joven historiador que domina la lengua de Víctor Hugo, a ser el protagonista de las memorias que traduce. Muere para reconfigurarse en otra vida.

Más allá de la muerte individual, los constructos relativos al ámbito de lo humano están atados a ciclos, llámense pueblos, reinos, ciudades, imperios o civilizaciones, están destinados a cambiar, a veces a desaparecer. El drama del tiempo radica en que todo está sujeto a ese desgaste, y antes o después pasa, acaba invadido por el aliento de la muerte, que igual que quita da. Así llega diferente la vida, y en la literatura mexicana del último siglo, como muestran los comentarios referentes a las novelas antes mencionadas, nada es igual. Formas de vida, estilos, medios de transporte, comunicación, órdenes de convivencia, manifestaciones culturales, influencia de agentes externos, longevidad, usos y costumbres, factores que se mueven sin cesar, abriendo, cerrando umbrales, mutando en infinidad de ciclos que, completos o no, deberán también cerrarse.

Carlos, por ejemplo, es testigo de la transición entre un México que va muriendo y otro que se construye a partir de los viejos cimientos. Es el púber hilo conductor de los recuerdos de quien ha sido testigo del deceso de una sociedad y el nacimiento de otra. Sin embargo no es él el protagonista principal, aunque juegue el papel de personaje centro. Es la Ciudad de México la que, vestida de modernidad es obligada a avanzar al mundo posmoderno, luego contemporáneo y poscontemporáneo, por llamarlo de algún modo.

El juego de las guerritas, tan común en cualquier escuela del país, del orbe, es el epígrafe en la tumba de una sociedad que, como todas, debe adecuarse a los movimientos de una humanidad que anhela poseerlo todo, que se siente dueña y dominadora del entorno que le fue prestado.

Mariana es una guapa mujer, objeto de deseo de Carlos, quien desgraciadamente para su causa es un niño y además amigo de su hijo Jim. El niño/púber Carlos es a su vez uno de los mejores catalejos para apreciar la época de aquel México que comenzaba a permitir el ingreso de la influencia estadounidense, la incipiente creación de la industria, y el padecimiento, en carne propia de la doble moral que habita en los individuos.

Las batallas en el desierto muestran el inicio de los funerales para una sociedad que poco a poco -envuelta en la vorágine de los argumentos válidos para la creación y legitimación de un nuevo orden mundial, que se desordena y ordena a placer según designios de quien sea momentáneo dueño de las riendas-, permite el ingreso de agentes patógenos en su sistema. Agentes a veces huéspedes codependientes, a veces vacunas y a veces virus, que van modificando la información genética de los cuerpos sociales, generando el desarrollo de defensas, barreras o metamorfosis que faciliten la apropiación de las ínfulas extrañas, intentando también perseverar en el caudal de los ríos que desembocan en el camposanto del final de los tiempos. El futuro es ahora, pero también es cercanía con la muerte, porque ésta late en lo que viene, no en lo que está ni en lo que ha pasado. Se busca el progreso, que involucra directamente el entierro de lo que va quedando atrás, lo que en ese afán resulta ya obsoleto.

Los personajes tendrán también principio y fin, presentación, circunstancia, desarrollo, clímax y desenlace. Carlos habrá de morir a la niñez para encontrarse con el púber, el joven y luego el adulto que narra su historia. Mariana será el objeto de deseo y metáfora del pasado que desaparece, que muere, igual que ella la época y los recuerdos que no son más que eso por más que parezcan vivos y puedan olerse, tocarse y sentirse como la magdalena del tiempo perdido -búsqueda incesante de un eterno Proust-.

La familia del protagonista un vendedor que va de más a menos y a más y a menos, igual de cambiante que el entorno, es un ingrediente más de los muchos que se han ido, con la moral de la época, que en complicidad con su madre y comunidad prejuzgan, acusan, juzgan, y condenan la inocencia de un ser manifestante del amor idílico, lejano a la carne, que quizá busca su realización máxima en un abrazo enlazado a un beso –Dualidad Moral que seguramente sobrevive hasta hoy a la muerte que debiera ya haberla hecho suya-.

Toda la literatura gira en torno a los ejes del amor y el desamor –que es un poco el sinvivir-, la vida y la muerte. Ya Octavio Paz tuvo a bien escribir en el laberinto de la soledad que todos los hombres están solos pues la soledad es el fondo último de la condición humana, y afirma que los hombres buscan su realización en el otro, ser en el otro, pero sin querer salir, sin una entrega total.

La perpetuación en los otros es al fin parte de la condición humana, particularmente del mexicano, objeto de estudio y protagonista de la obra de Paz. Y la soledad es entonces también la muerte y el deseo de trascenderla, morir sin irse, desaparecer sin soledad, sin que el polvo del olvido tapie lo que se fue, lo que se hizo alguna vez con la existencia.

Señala sobre esta muerte particular en todos santos, día de muertos, que debe ser un fiel reflejo de la vida, morirse como se vivió, y lejos de tender una explicación frente a la maraña de cuestionamientos acerca de la propia supervivencia es, segura e indiscutiblemente, el fin.

Paz expone que el perfil del mexicano lo hace vivir la muerte entre la dicotomía del duelo y la fiesta, que tan poca importancia se le confiere a la vida como a la muerte, pues ciertamente no puede comprenderse la una sin la otra, así, para el poeta y ensayista, los mexicanos son seres paradójicos, que se abren buscando cerrarse, que se cierran anhelando abrirse, obteniendo como resultado permanecer indiferentes ante ambos sucesos: nacer y morir.

Así como el sexo biológico, la raza, la cultura o las características genéticas, la muerte salta a la vida acompañando a cada ser humano, que en un principio no tiene conciencia de ella, como de muchas otras cosas, pero a medida que la adquiere la percepción de las cosas cambian. Generalmente cuando la niña o el niño comienzan su aprehensión del mundo, experimentando todo, aguardan sucesos eventuales, fechas de festejo o celebración: navidad, cumpleaños, día del niño. Celebraciones lúdicas que los proveen de gratificaciones que satisfacen el apetito físico y el emocional, en esas etapas parecen eternos los ciclos de espera, pero a medida que crecen los periodos son menores, los días se suceden uno tras otro sin freno. Experimentar la pérdida de conocidos o familiares hace que cada quien se apropie de la experiencia mortuoria, conozca las facetas que la comprenden, la adopte de maneras diferentes. Y entonces la muerte se confirma como la ejecutora del tiempo personal, la que corta los hilos, la que indica hasta donde, mientras el Tiempo, con mayúscula, el tiempo universal prosigue su marcha, arrastrando el caudal de momentos sucesivos, dejando algunos pendientes para mantenernos en suspenso, bifurcándose, creando múltiples portales de posibilidades, e instantáneamente clausurando innumerables.

Aquí el drama del tiempo, de la vida-muerte ligadas, del deber ser del hombre enganchado a la muerte consiéntalo o no desde su nacimiento, ciclo de vida repetitivo, monótono en el que se verifican más procesos para unos que para otros: nacer, crecer –unos más, tantos menos-, reproducirse –teniendo la esperanza de permanecer en el otro-, y morir, inevitablemente morir.

La vida de los hombres siempre será contada, en la gran historia universal, como parte del gran mito, o en las pequeñas historias domésticas, relatos de familia, acontecimientos íntimos, románticos, gloriosos a gran o pequeña escala, más o menos vergonzosos, dramáticos, jubilosos, apremiantes, apretados, surgidos de la suerte o del infortunio, sortilegios, realidades e hiperrealidades que se conjugan para motivar un legado. Las memorias y la historia personal que son la convergencia de tiempos, historia que es ni más ni menos literatura, pues se genera mediante la visión de alguien, propio o extraño, que es capas de paladear con los ojos cada acontecimiento, que lo descompone en su imaginario, que lo reconstruye y finalmente lo escribe o lo relata.

El hombre es así literatura, juego de interpretación y manifestación de aquello que ha visto, escuchado, de aquello que le han contado, partícipes de un espacio temporal regido por una finitud, que convence, motiva y hasta obliga a dotar de sentido a sus vástagos, a quedar en sus cuentos, en sus novelas, en sus poesías, en su arte. Que provoca e incita a heredar un legado que garantice la vida después de la vida, y exorcice los demonios de la soledad, de la desaparición total, del olvido.

La literatura universal es un fiel testimonio del legado de los hombres para la posteridad, algunos son sus propios personajes, otros crean seres que comparten algo de sí mismos, de su esencia, muchos más son cronistas de sucesos, atestiguaron o hicieron suyas las narraciones, los acontecimientos, así los plasman aderezados con ingredientes de su pensamiento e imaginación. En México se verifica también la constante, tratando los temas de manera diferente porque pasan por el filtro de otra idiosincrasia, de otra manera de ver el mundo, la vida y la muerte, con esta última asomando por cualquier resquicio en los anaqueles de la narración, cómplice, burlada, seductora, a veces seducida, retratada en ellos mismo y en los demás. Con su aliento sigiloso en la nuca, que les despierta el hambre de la palabra escrita, al notar que el desenlace permanecer prendido siempre, como sombra a la espalda de cada uno. La muerte al final, siempre vencedora. 

BIBLIOGRAFÍA

Fuentes, Carlos. Aura. México: Era, 1962.

Pacheco, José Emilio. Las batallas en el desierto. México D.F: Era, 1981.

Rulfo, Juan. Pedro Páramo. México: Plaza & Janés, 2000

Publicado el septiembre 2, 2009 en Colaboraciones especiales. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

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